Para el Buen Vivir
La resonancia de lo común: pausa y encuentro en la ciudad

La tecnología de bienestar no es una aplicación en el teléfono, sino la capacidad de mirar a los ojos al vecino, de sostener la palabra en una mesa compartida, de reconocer que nuestra identidad se completa en el reflejo del otro. El Buen Vivir, o Sumak Kawsay, nos enseña que no hay salud individual en una comunidad enferma.
Porque en la actualidad el éxito lo miden por la velocidad de las transacciones, de las interacciones, de los “like”. Inclusive detenerse a pensar un poco parece un acto de insurgencia, de pérdida de tiempo. Hemos aceptado la idea de que el progreso es una línea recta, una carrera individual donde el otro es, en el mejor de los casos, un competidor y, en el peor, un obstáculo o un enemigo.
Como bien señala Byung-Chul Han, vivimos en la «sociedad del cansancio», donde la desaparición de los rituales nos ha dejado huérfanos de un tiempo compartido. El ritual no es una repetición vacía; es una tecnología de la hospitalidad, que permite imaginar los futuros compartidos, los horizontes colectivos y la construcción del concepto del nosotr@s. Es lo que permite que el tiempo deje de fluir como un torrente que nos arrastra, siempre acompañado del consumo, para convertirse en un espacio donde podemos morar, crear lazos y sentir la ternura solidaria.
El ritual no es algo necesaria y fatalmente religioso en el sentido eclesíastico. Se trata más bien de algo asociado al intercambio de vivencias conjuntas que nos recuerdan nuestra esencia humana, social.
El cuerpo que resuena con otros
No es solo una cuestión filosófica; es una realidad biológica. La neurociencia contemporánea, con voces como la de Nazareth Castellanos, nos recuerda que nuestra postura y nuestra respiración no ocurren en el vacío. Existe una «corregulación»: nuestro sistema nervioso busca la frecuencia del entorno. Cuando habitamos, por ejemplo, la ciudad — esta Bogotá de cerros verdes y edificios color barro — con una disposición de apertura, nuestros cuerpos y mentes empiezan a tejer una red invisible de experiencias, algunas muy fuertes y difíciles de digerir, otras más amables y compatibles.
Es preciso, en ese sentido, recordar aquellos movimientos sociales que crecieron sin mucha bulla, sin mayores estructuras jerárquicas y casi siempre contraviniendo las normatividad vigente que se denominaron las nuevas ciudadanías. Colectivos animalistas, ciclistas urbanos, caminantes y protectores de cerros y montañas, artistas callejeros, los horticultores urbanos, demostraron que había otras formas de apropiarse y habitar la ciudad desde diversas perspectivas. Se logró activar un tejido profundo que mostró realidades existentes y se abrieron paso a pesar las restricciones y las estigmatizaciones. Aún falta camino pero ya es irreversible su presencia en la urbe.
El progreso real no es entonces llegar primero, solo y mirando de reojo a los demás participantes; es asegurar que nadie se quede atrás en el camino así nos cueste un poco más de esfuerzo. Porque la vida, cuando es buena, no es una carrera de 100 metros, sino una danza circular que sólo cobra sentido cuando se baila en conjunto, cuando se comparte la sonrisa y se conjuga el “nosotr@s”.
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