
El Buen Vivir sin odio ni miedo
Cómo actuar en tiempos de polarización
A menudo pensamos en la política como algo que nos sucede «afuera», un escenario de gritos y conflictos al que solo asistimos como espectadores y víctimas. Pero, ¿qué pasaría si abordamos la participación ciudadana desde una perspectiva constructiva?
En el Buen Vivir, como otras tradiciones afines, incluido el yoga, la actuación política es una constante. No es, como dicen algun@s, que estas manifestaciones son aislacionistas y conducen a la enajenación.
Por el contrario estas tradiciones se apoyan en la práctica de un ejercicio muy profundo de alineación de todos los aspectos en los que se manifiesta nuestra existencia, para lograr la fuerza transformadora. Se denomina Sankalpa. Es una resolución profunda; es alinear nuestra voluntad, mente y cuerpo hacia un propósito que resuena con nuestra verdad más alta. No es un simple deseo, es una identificación de los objetivos de vida para transformar la realidad de manera profunda.
Cuando el Sankalpa personal promueve el equilibrio personal y el Buen Vivir, nuestra relación con lo público, con lo colectivo también cambia radicalmente. Pasa de ser un ejercicio individual, basado en el “yo”, para transformarse en un “nosotros”. No se elabora de manera reactiva y solitaria la política de actuar o votar «en contra de alguien» movidos por el miedo, sino «a favor de una visión» movidos por nuestra intención de armonía.
La actuación política y social se vuelve creativa, en lugar de gastar energía en la polarización (que es una fuga de energía vital), el Sankalpa puede propugnar por la búsqueda de soluciones colectivas y poderosas. Una persona con un Sankalpa firme en el equilibrio personal y colectivo es difícil de manipular. Su intención de bienestar es tan clara que rechaza fuertemente cualquier discurso que promueva el miedo y el odio, porque entiende que la salud mental propia es indivisible de la salud mental del vecino, de la colectividad, de la sociedad.
La polarización política, es un fenómeno divisivo que fragmenta sociedades, encuentra un terreno fértil para prosperar en la ausencia de un propósito personal significativo. Cuando los individuos carecen de una dirección interna clara, de metas que trasciendan la contingencia diaria o de un sentido de contribución a algo mayor, sus mentes se vuelven excepcionalmente vulnerables.
En este vacío de convicción y sentido propio, las personas son fácilmente influenciadas y capturadas por discursos externos de odio, resentimiento o extremismo. Estos discursos, a menudo simplistas y cargados de emotividad, ofrecen una identidad prefabricada y un enemigo común al que culpar por las frustraciones personales o colectivas. La retórica polarizadora proporciona un sustituto temporal y superficial para el propósito interno que está ausente, ofreciendo pertenencia a un grupo y una causa (aunque sea destructiva) que antes no existía.
La incapacidad de cultivar un propósito propio —ya sea a través del desarrollo personal, la contribución comunitaria, el arte, la ciencia o cualquier otra forma de trascendencia— deja a la mente como una pizarra en blanco, susceptible de ser escrita por las narrativas más tóxicas y divisorias que circulan en el ambiente político y mediático.
Por lo tanto, la resistencia a la polarización no rehuye el debate político, sino que se afianza en la fortaleza interior y la autonomía del espíritu. Se nutre al encontrar y vivir un propósito personal, auténtico que logre conjugar esfuerzos con el colectivo para transformar la realidad.
