Anatomía del guayabo electoral y el cuidado común

Cuando los resultados de las urnas no favorecen las causas en las que creemos, sobreviene un fenómeno de ansiedad social colectivo que la psicología de mercado suele ignorar: la resaca o el guayabo electoral

Para tramitar esta parálisis en Colombia, es urgente cambiar el lente con el que miramos la crisis y acudir a la filosofía del Buen Vivir (Sumak Kawsay). Esta sabiduría ancestral andina nos enseña que el bienestar no es un asunto privado ni un manual de autoayuda para evadir la realidad. 

Al contrario, el Buen Vivir como propuesta política y comunitaria que nos recuerda que no podemos estar sanos dentro de un tejido social enfermo. Frente al dolor de la derrota, esta perspectiva nos invita a activar una pedagogía del cuidado común, devolviéndole la soberanía al cuerpo y al territorio a través de dos principios fundamentales: el saber respirar y el saber descansar.

Es por eso que la atmósfera hoy se siente tan densa en las calles y en las pantallas, cargada de una polarización política que raya en la agresión y el reproche. Muchos de ustedes me han escrito manifestando síntomas claros de ansiedad individual: un nudo en el estómago, un cansancio que no se quita durmiendo y una profunda incertidumbre por el futuro.

Sentirse desilusionado o temeroso ante el destino de un proyecto que hoy camina contracorriente no es un defecto de fábrica personal. No estás fallando. Lo que experimentas es la respuesta natural de tu salud mental acusando el impacto de un entorno hostil; el eco de un cuerpo social interconectado que hoy sufre un repliegue.

El sistema actual quiere hacernos creer que la frustración es un problema privado que se resuelve encerrándose a rumiar el fracaso en soledad. Siguiendo la lucidez de pensadores como Byung-Chul Han, sabemos que la sociedad contemporánea nos aísla para desgastar nuestra potencia, convirtiendo el espacio público en un escenario de fatiga e impotencia.

Por eso, el primer acto de resistencia hoy es colectivizar el malestar: entender que tu dolor y tu incertidumbre son también los míos, y que no se gestionan desde el aislamiento, sino desde la comunidad.

1. El Primer Territorio: Reclamar la Claridad Activa

Frente a este panorama de hostilidad, el mercado del bienestar tradicional nos ofrece analgésicos pasivos: «vacía la mente», «desconéctate», «acepta con resignación». Nosotros elegimos el camino de la autogestión y la soberanía.

Meditar en días de tempestad no significa anestesiarse ni mirar hacia otro lado frente a la realidad del país. Todo lo contrario. Detenerse a respirar es un ejercicio de claridad radical y contemplación activa. Respiramos para que la rabia, el miedo o la frustración no secuestren nuestro sistema nervioso.

No buscamos poner la mente en blanco; buscamos limpiar el parabrisas para ver el horizonte con nitidez y actuar con templanza. El cuerpo es nuestro primer territorio de paz; si dejamos que la agresividad del entorno lo colonice, habremos entregado la autonomía fundamental.

A esto se suma la urgencia del Saber Descansar. Retirarse momentáneamente del bombardeo de la opinión pública agresiva y del ruido estéril de las redes no es cobardía ni apatía. Es un repliegue estratégico para preservar la energía vital.

El cansancio crónico nubla el pensamiento y nos vuelve predecibles y reactivos. Descansar en tiempos de crisis es cuidar el fuego para los días venideros; es un acto político.

2. Desplazar la Competencia: La Causa en el Tejido Común

La política electoral nos ha domesticado bajo una lógica perversa: la de la competencia feroz, donde unos ganan, otros pierden y el oponente debe ser invisibilizado. Se nos ha hecho creer que los destinos de una sociedad cambian únicamente desde las macroestructuras del poder institucional y las urnas. Pero esa es una ilusión óptica que hoy genera parálisis y desesperanza.

Es momento de recordar que la cooperación, y no la competencia, es la verdadera fuente de progreso y evolución humana. Si la causa en la que creemos hoy camina contracorriente o no es bien vista por las mayorías circunstanciales, nuestro horizonte no desaparece; simplemente cambia de escala y se vuelve más real.

La transformación social no se detiene porque un resultado electoral sea adverso. La causa sigue viva en la trama de lo cotidiano, en lo que llamamos el tejido del común. Vuelve la mirada al territorio cercano.

Allí donde hay un espacio de debate respetuoso, una red de apoyo mutuo para quien lo necesita, un proyecto autogestionado o un acto de cuidado consciente hacia nuestro entorno y la naturaleza, allí se está ejerciendo la verdadera política. Al cooperar a escala micro, retejemos los lazos que la macro-política se encarga de romper.

La Práctica de esta Semana: Una Invitación al Retorno

Para tramitar juntos este guayabo electoral y transformarlo en potencia colectiva, les propongo tres acciones concretas para los próximos días:

  • Hacer la cosecha de la emoción: No te tragues la desilusión ni la reprimas. Escríbela, compártela en un círculo de confianza o sácala del cuerpo a través del movimiento para que no se convierta en síntoma físico o en agresión hacia los tuyos.
  • Habitar el centro respiratorio: Dedica diez minutos al día a sentarte en silencio. Observa el flujo de tu respiración sin alterarlo. Si aparece la angustia por el futuro del país, mírala de frente, déjala pasar con la exhalación y regresa a la firmeza de tu presencia aquí y ahora. Eso es contemplación activa.
  • Encender un nodo de cooperación: Identifica una acción pequeña esta semana donde puedas colaborar con otro sin buscar un beneficio individual. Un gesto mínimo de cuidado comunitario que le recuerde a tu entorno que la solidaridad sigue intacta y que el tejido común no depende de un gobierno.

Perder una elección jamás será perder el horizonte. Cuando el ruido de afuera se vuelve violento, el verdadero acto de rebeldía no es gritar más fuerte, sino recuperar la soberanía de nuestro propio aire, mirar al lado y organizarnos desde el cuidado común. Seguimos caminando.

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