El cuerpo en modo de alerta colectiva
El problema no es la indignación legítima que nos mueve, sino el ruido y el desgaste que la acompañan. Cuando la política se convierte en un estado de emergencia permanente, el miedo y la rabia ciega empiezan a tomar las decisiones por nosotros. Y es ahí donde el sistema gana: un ciudadano hiperventilado y asustado es infinitamente más fácil de manipular que uno que observa con atención.















