En un panorama electoral y político hostil y profundamente cargado de agresividad, la rabia o el miedo que sientes en el pecho no son una falla personal: es el síntoma de un tejido social que está enfermo. Cuando el entorno se vuelve hiperreactivo, la sociedad del cansancio nos impone una estrategia perversa: nos obliga a tragarnos la desilusión, a privatizar el sufrimiento y a rumiar la impotencia en la soledad de nuestras pantallas.
Siguiendo la enseñanza del Buen Vivir (Sumak Kawsay), sabemos que no existe la salud individual dentro de una comunidad fracturada. Por eso, el primer paso para defender nuestro territorio mental frente a la tormenta política no es anestesiarnos ni guardar un silencio amargo, sino aprender a cosechar la emoción.
Precisamente la Encuesta Nacional de Salud Mental en Colombia acaba de ponernos frente a un espejo incómodo: los índices de irritabilidad, ansiedad y aislamiento han alcanzado cifras que ya no se pueden disimular. Sin embargo, los titulares tradicionales insisten en vendernos la misma idea de siempre: que si sientes angustia, insomnio o rabia frente a la realidad del país, se trata de un «defecto de fábrica» personal, un problema químico individual que debes resolver comprando una solución rápida en el mercado del bienestar.
De la Rabia Contenida a la Emoción Cosechada
Tragarse la emoción no es neutral. Lo que el cuerpo no tramita en la palabra o en el movimiento se convierte tarde o temprano en síntoma físico: la mandíbula apretada, el nudo en el estómago, el insomnio recurrente o, peor aún, en una violencia pasiva que descargamos sin querer sobre quienes tenemos más cerca (la familia, la pareja o los compañeros de trabajo).
Cosechar la emoción no significa darle rienda suelta a la agresión en redes sociales para alimentar la polarización. Cosechar es recolectar, nombrar y (sobretodo) transformar. Es sacarla del cuerpo con la intención consciente de comprender qué nos está pidiendo cuidar. Si hay rabia, es porque hay algo que nos importa profundamente y sentimos amenazado; si hay desilusión, es porque hubo un horizonte de esperanza que hoy debemos redefinir.
En este punto es donde tenemos que dar el paso clave. Dejar las lamentaciones y activar nuestro cuerpo en sus diferentes manifestaciones (física, energética, emocional, mental) requiere una buena dosis de fuerza interior para hacer el tránsito hacia una disposición mejor para afrontar los días por venir.
Prácticas para Tramitar el Malestar en Días Hostiles
Para pasar de la parálisis a la potencia, les propongo llevar a cabo dos ejercicios concretos durante esta semana:
1. Práctica Individual: La Cosecha Escrita (Sacar la Emoción del Cuerpo)
- El mapa del malestar: Tómate 10 minutos al final del día, lejos de las pantallas. En un cuaderno, responde a dos preguntas sin filtro ni edición gramatical: ¿En qué parte de mi cuerpo sentí hoy la tensión política del país? y ¿Qué emoción no me permití expresar para no entrar en conflicto?
- La descarga y el fuego: Escribe todo lo que sientas (la rabia, la desilusión, el miedo). Una vez en el papel, lee lo que escribiste, reconoce que esa emoción ya no está atrapada en tu abdomen y, si lo necesitas como símbolo de liberación, rompe la hoja. El objetivo es descolonizar el sistema nervioso de la reactividad del entorno.
2. Práctica Colectiva: Círculos de Palabra en Casa
- Crear un espacio seguro: En medio de un proceso político tenso, las conversaciones familiares suelen convertirse en campos de batalla o en silencios incómodos. Esta semana, invita a un ser querido o a un pequeño grupo de confianza a hablar no de la contienda ni de los candidatos, sino de la vivencia humana.
- El acuerdo del cuidado: La consigna es simple: «Hoy no vamos a debatir quien tiene la razón sobre el país; hoy vamos a compartir cómo nos hemos sentido con todo este ambiente». Escuchar sin juzgar, sin interrumpir y sin querer «corregir» al otro. Es el acto político de reparación más poderoso que podemos ejercer en la mesa familiar.
Desprivatizar el Dolor para Sanar el Común
No permitas que la agresividad del clima político te aísle. Cuando nos atrevemos a nombrar lo que nos duele, descubrimos que el de al lado siente exactamente la misma carga. Ahí, en ese instante en que desprivatizamos el dolor, la frustración deja de ser un peso muerto que nos paraliza y se convierte en el combustible para volver a organizarnos desde el cuidado mutuo.
La mente no es una isla privada; es un territorio compartido. Cosechemos lo que sentimos esta semana para que la rabia no se vuelva violencia, ni la tristeza se vuelva apatía.